Unos treinta ex conscriptos de la clase 65, dos de ellos balcarceños, revivieron en Bariloche la experiencia que les tocó en 1984.

Esta vez nadie los subió a un tren como si fueran un solo cuerpo de cientos de ojos asustados. Desde Bahía Blanca, rumbo a la Patagonia. Vinieron solos. En cuatro caravanas de coches, convertidos en adultos. La mayoría oriundos de la provincia de Buenos Aires. Si hace más de 30 años varios de ellos habían llorado cuando se enteraron de que habían salido sorteados para el servicio militar, la experiencia al final no fue traumática, sino todo lo contrario, al punto de que ahora decidieron revivirla.

Volvieron a ser colimbas para reafirmar su juramento a la Bandera

on un grupo de ex soldados de la clase 65, que en 1984 realizó el servicio militar cuando todavía era obligatorio (diez años después, tras el crimen del soldado Carrasco, dejaría de serlo) en la Escuela Militar de Montaña de Bariloche. Ellos siguieron con sus vidas, se casaron y ya tienen hijos grandes. Son taxistas, constructores, empleados, colectiveros, pero decidieron volver al rigor de la milicia y a la geografía en la cual se conocieron para compartir unos días juntos. Esta vez en versión relajada.

De los 225 que integraron la Compañía Demostración, alrededor de 30 regresaron al cuartel. La agenda arranca bien temprano e incluye la típica rutina marcial. Ayer juraron una vez más la Bandera y protagonizaron su primer desfile. Apenas ensayado. Hubo lágrimas cuando descubrieron que, a su paso, decenas de soldados profesionales los aplaudían fervorosamente.

[su_pullquote]Gustavo Cabrera y Carlos Zapata, los balcarceños que estuvieron en el encuentro [/su_pullquote]

Hace un año, los más nostálgicos de la Compañía encontraron en las redes sociales una oportunidad para organizar esta reunión sin precedentes. Y hasta citaron a quienes fueron sus superiores en la época, partiendo por el jefe de compañía y siguiendo por los sargentos hasta llegar al cabo primero. En total sumaron a más de 30 ex colimbas y militares, ya retirados. “No todos se engancharon, algunos no querían saber nada. Los que estamos tenemos un recuerdo muy lindo. Hicimos amigos, aprendimos cosas”, explica a Clarín Marcelo Erramuspe (51), un chofer de colectivo de Tres Arroyos.

Cuando la Clase 65 pisó suelo patagónico en 1984, las sombras de la dictadura militar y de la Guerra de Malvinas no habían perdido su impronta. A pesar de eso, sus miembros aseguran que el vínculo con sus superiores militares era excelente. “No hay rencores, nos llevábamos bien”, dicen. Lo difícil fue la instrucción en una fuerza que mantenía la hipótesis de guerra. “Fue dura. Los militares tenían a Malvinas en la cabeza. Al llegar, no más, en febrero, nos mandaron al campo durante 45 días”, cuenta Pablo Goñi (53), un constructor de Pinamar. Los ex soldados pasaron uno de los peores inviernos del siglo XX en Bariloche.

La mayoría de estos hombres hoy tiene entre 51 y 53 años. Visten camperas y pantalones camuflados y boina a tono que se mandaron a hacer para la ocasión. Lo único que los diferencia de los militares profesionales del predio es su calzado (en algunos casos zapatillas o zapatos de montaña) y el hecho de no portar armas. “Vamos a hacer todo excepto disparar”, puntualiza Erramuspe. Los militares retirados que los acompañan llevan la insignia con el rango que tenían en aquellos años. Entre ambos grupos hay confianza, pero los “mi teniente, mi cabo y mi coronel” fluyen en los diálogos.

“Es muy lindo verlos. Creo que nos tienen afecto porque éramos un grupo de superiores especial, con libertad para enseñar a los chicos”, señala Víctor Herrera (62), el coronel retirado que hizo los contactos con el Estado Mayor del Ejército para concretar el proyecto. Mientras se toman fotos en una plazoleta congelada del regimiento, alguien grita: “¡Al rancho!”. Ninguno se lo quiere perder. “Muy rico, che. Polenta, albóndiga pero bien preparado”, detalla Raúl Garay (52). Las actividades siguen con instrucción, caminatas, recorridas por la zona y el infaltable asado nocturno. “Hoy hicimos 1 kilómetro de marcha y….no estamos, ya no estamos”, reconoce, cansado, el balcarceño Carlos Zapata (52). Casi la confirmación de que, a pesar de estar en Bariloche, esto no es un viaje de egresados.

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