Hace una semana sucedía un hecho asombroso en Sierra de los Padres: el hallazgo de una bolsa de dinero y su posterior devolución. En esta nota, los detalles de una historia increíble.

(La Capital) Si alguien postula una existencia debe probarlo. No es responsabilidad de quien la niega aportar las evidencias, porque si fuera así todos estaríamos obligados a andar por ahí buscando rastros de cualquier delirio. Supongamos que una persona que vive en Sierra de los Padres asegura que en la Gruta de los Pañuelos se oculta un monstruo de ocho cabezas. Es esa persona quien debe entregar las pruebas que respalden su afirmación y no los “incrédulos” salir a explicar por qué no existe ese ser.

Sin embargo, en estos tiempos de posverdades, donde una mentira puede repetirse con facilidad y en cuestión de minutos hasta imponerse como verdad, vale hacer el esfuerzo e ir por la contra-lógica para evitar ser parte de la falsedad.

Días atrás Mar del Plata se conmovió por la actitud solidaria y dadivosa de una persona de, justamente, Sierra de los Padres, que había encontrado una suma de dinero y la había devuelto a sus dueños. Para ser justos, ese tipo de casos no resultan infrecuentes. La gente es generosa y, no digo a diario, pero bastante seguido, se da la ocasión de un gesto tal.

Lo fenomenal de este hecho fue todo aquello que lo rodeó: la bolsa, tirada en un camino lateral de Sierra, contenía dinero y una historia clínica de una niña; su propietaria era una mujer humilde que tenía una hija enferma de leucemia; el dinero era producto de la venta de un auto; la venta del vehículo estaba motivada en la necesidad de pagar el tratamiento de la pequeña; la difusión fue por Facebook; el desenlace, gracias a un vecino misterioso.

Tanto elemento extraordinario en un mismo suceso despertó mi interés y me decidí a indagar con el triste resultado de no haber podido verificar su veracidad.

Volviendo a aquello de la lógica, vale aclarar algo más. Cuando hay un episodio que, de haber sido verdadero, necesariamente habría generado pruebas y si al indagar con detenimiento esas pruebas no se encuentran, debe concluirse que no hay “ausencia de prueba” sino que la afirmación original de ese episodio es falsa.

De todos modos, como la intención no es la de mancillar honores ajenos, exponer situaciones personales, revelar conductas psicológicas, despertar enojos, no voy a afirmar que todo se trató de una mentira. Apenas voy a entregar al lector el poder de que decida y juzgue el hecho, no a las personas.

Para ello, de aquí en adelante transcribiré la prueba hallada durante la revisión del caso, la cual surge de publicaciones en Facebook, recorrida por Sierra de los Padres, comunicaciones telefónicas a profesionales médicos, reunión con vecinos representativos de Sierra de los Padres, consultas con avezados investigadores y, fundamentalmente, una extensa charla en casa de la persona que asegura haber encontrado la bolsa con dinero y entregado a su propietaria.

El caso

La protagonista principal de esta historia es Catalina, una mujer de mediana edad que vive en Sierra de los Padres y que en su perfil de Facebook “Cata de la Sierra” hizo la primera publicación el viernes 26 de mayo a las 13.18. En el “post” Catalina decía “Acabo de encontrar bolsa grande con $20.000 y algo más. Sin documentación. Por favor si alguien les comenta que perdió esa suma y puede acreditar que es suya, detallando color y ese algo más que contiene dentro comuníquense conmigo. De no aparecer el dueño. El dinero será donado a un refugio y comedor. Muchas gracias”.

Captura de pantalla de los dos mensajes, el de Cata y el de "Lorena".

Como es de imaginar, en poco tiempo se viralizó esa buena acción y el empuje del popular espacio “Banca 25” contribuyó a ello. Decenas de personas comentaron el caso y auguraron un final feliz.

A las 16.18 de ese mismo día, otro perfil de la misma red social, bajo el nombre de Lorena Yapur, estremeció con su confesión: la plata le pertenecía, había vendido un automóvil en Sierra de los Padres y la había perdido en el camino. Con un dato agravante, que era que el dinero estaba destinado al tratamiento de su hija enferma de leucemia. “Estamos desesperados, todos llorando, porque se nos fue la última oportunidad de salvar la vida de mi hija”, “somos una familia trabajadora, que vendimos hasta la ropa que nos sobraba para recaudar la plata, tenemos fecha de viaje para la cirugía en unos días” y “la vida de mi hija está en esa bolsa” fueron algunas frases de su conmovedor pedido.

Según lo que contaría luego Catalina por varios medios y a mí en su propia casa, el viernes por la noche, “Lorena” regresó a Sierra de los Padres con sus dos hijos. Fue hacia las proximidades de quien le había comprado su Fiat Regatta pero no lo visitó. Debería haber empezado por ahí, tal vez, pero en cambio se limitó a buscar la bolsa en la calle, y en ese trance fue vista por un vecino que al consultarle qué hacía se alegró: “Yo sé quién tiene la plata”, le dijo.

El vecino acompañó a “Lorena” a la casa de Cata. Ambas mujeres se encontraron en la noche del viernes y el dinero fue devuelto a su compungida propietaria y de ese modo se pudo mantener la esperanza de salvarle la vida a la pequeña Milena.

La versión completa del caso es únicamente la de Catalina, ya que no hay ninguna otra persona que pueda dar fe de todo lo narrado anteriormente. Tal vez concurran diversos factores que impidan llegar a esa gente y eso podría ser posible. Un investigador -si cabe tan respetado término para esta chapucería indagatoria- sabe que la “ausencia de pruebas” no es “prueba de ausencia”.

La búsqueda

El primer objetivo de la búsqueda fue (naturalmente) Catalina, quien pese a estar exhausta de tanto contacto con la prensa me atendió. Telefónicamente me pasó el número de celular de “Lorena” para ubicarla, pero ese número nunca funcionó. Siempre las mismas malditas palabras: “Usted está comunicado con la casill…”. Enfoqué, entonces, mi objetivo en “Lorena” y mis mensajes no fueron respondidos. Su perfil de Facebook, sin actividad previa a su pedido de ayuda y apenas posterior -dos imágenes de agradecimiento sin demasiado feed back- me causaron sospechas y con la ayuda de otros periodistas la rastreamos sin resultado. Sólo descubrimos que hay algunas personas llamadas Lorena Yapur en otros puntos de Argentina y una en España. Una rareza del destino quiso que la española Lorena Yapur fuera oncóloga y hematóloga.

El sondeo en el Hospital Materno Infantil y consultas a otros profesionales no confirmaron la existencia de una nena en Mar del Plata, con las características descriptas por Catalina, llamada Milena, de 10 años, y padeciendo ese diagnóstico.

A “Lorena” nunca se la pudo hallar porque no dejó dicho dónde vivía, sólo que una mujer algo malvada le había dado lugar en su casa a cambio de tareas domésticas. “Una explotadora, así me la definió”, dijo Catalina.

Pero volviendo a la cronología de los hechos, el primer detalle que llamó la atención fue que dentro de la bolsa hallada (de consorcio, roja) había una historia clínica junto a una foto de una niña con pelo rubio y largo. ¿Qué hacía esa documentación allí? Al parecer “Lorena” le había dejado la historia clínica al comprador para que comprobara que no era mentira la urgencia por vender el automóvil.

Sorteado con buena fe ese dato algo inverosímil, avancé hacia quién hizo posible que la historia terminara bien. Es decir, el vecino que halló a “Lorena” buscando su dinero. La única persona que podía contactarme con él era Catalina, pero no pudo recordarlo. “El me conoce a mí, pero yo a él no. Creo que era gordito y de bigotes”, me dijo la mujer y mis esperanzas se derrumbaron un poco más.

Y tampoco pude saber mucho del comprador del Regatta; sólo que fue un hombre dueño de una generosidad tibetana. Supe -de oídas- que le pagó a “Lorena” más de lo que valía el auto y además le regaló comida y juguetes. Catalina me relató que “Lorena” le había dicho que ella tras dejar el Regatta se fue con tres bolsas rojas. En una llevaba el dinero y la historia clínica, en otra comida y en otra, osos de peluche. Tuvo el infortunio de perder la más valiosa, en la calle perimetral de Sierra, la que delimita el barrio con sembradíos. Caminar por allí es solo para quienes les queda de paso o viven cerca. Fui al lugar, lo observé con mirada de foráneo más que de detective y ayudó bastante… a mi descreimiento.

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