Estudios de Fauba y el Inta muestran cómo el calentamiento global es un problema para la producción agropecuaria. La decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de abandonar el Acuerdo de París, puso nuevamente en debate los riesgos del calentamiento global provocado por el cambio climático.

Un ejemplo es la producción agropecuaria: según estudios difundidos en las últimas semanas por la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (Fauba) y por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta), los cereales y los pastizales de la zona patagónica sufren pérdidas de rinde o de crecimiento a raíz de las mayores temperaturas.

Trigo y cebada

Guillermo García, doctor en Ciencias Agropecuarias de Fauba y líder del proyecto Clima de la Asociación Argentina de Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola (Aacrea), encabezó una investigación que determinó que trigo y cebada pierden alrededor del ocho por ciento de su rendimiento por el incremento de las temperaturas nocturnas.

Según García, durante la “ventana de floración” de estos cultivos, se pierde entre dos y nueve por ciento de rinde por cada grado en que aumenta la temperatura mínima media. “Si bien este dato lo obtuvimos de un experimento de simulación, los ensayos a campo lo validan: la caída del rendimiento es de un ocho por cada grado que se eleva la temperatura nocturna. Y si consideramos la temperatura media, la pérdida asciende al 10 por ciento”, sostuvo García.

Para el especialista, “son cereales de invierno que necesitan temperaturas frescas para lograr una buena producción. Precisamente, si el objetivo es conseguir buenos rindes, el aumento de la temperatura media en nuestras latitudes juega claramente en contra”.

El problema es que, en las últimas cinco décadas, la temperatura media en la Región Pampeana subió entre 0,5 y 1 °C. “Existen dos escenarios térmicos preocupantes en el marco del cambio climático (CC): el aumento de las temperaturas nocturnas y la mayor probabilidad de que sucedan golpes de calor, que son eventos extremos. El trigo y la cebada son muy sensibles a ambos escenarios”, evaluó García.

Para el investigador, a largo plazo, la única forma de evadir estos riesgos es a través del mejoramiento genético.

Maíz

Paralelamente, el Inta difundió un estudio realizado en conjunto con Fauba y la Universidad de Lleida (España) en el que se analizó cuánto sufren las plantas de maíz las temperaturas superiores a 35°C y cómo eso puede repercutir en la composición química de los granos.

Luis Mayer, especialista en ecofisiología del Inta San Luis, señaló que “los golpes de calor que ocurren en la etapa de posfloración causan estrés en el cultivo”. Y agregó: “Este efecto se percibe a campo; las plantas retraen su ritmo de crecimiento por verse afectada su capacidad fotosintética, y esto en definitiva limita la posibilidad de llenar los granos por completo”.

El estudio se llevó a cabo pensando en el calentamiento global: “Se prevé que en los próximos años la ocurrencia de temperaturas superiores a los 33 y 35°C sea aún más frecuente”, dijo Mayer.

El resultado: los golpes de calor pueden reducir hasta 48 por ciento el tamaño de los granos. ¿Cómo evitarlo? “La primera recomendación radica en optar por una fecha de siembra que, de acuerdo al ambiente y al maíz utilizado, evite que la etapa del cultivo en la que se define la composición química del grano coincida con la época de mayor probabilidad de ocurrencia de los golpes de calor”, señaló Mayer. La segunda estrategia, sembrar materiales menos susceptibles al impacto de los golpes.

Pastizales

Por último, el Inta Esquel publicó un estudio elaborado entre 2000 y 2014 que apuntó a establecer cómo impactó el aumento de las temperaturas en la producción de pastizales, en la zona de Chubut.

“Si bien las precipitaciones no cambiaron en el período analizado, las temperaturas se incrementaron en el 75 por ciento de las estaciones estudiadas”, señaló Guillermo García Martínez, técnico de la experimental patagónica.

Esto derivó en que, tanto el crecimiento del pastizal –analizado mediante el índice verde normalizado (IVN)–, como su estructura –estudiado en base a los Monitores Ambientales para Regiones Áridas y Semiáridas (Maras)–, mostraron cambios negativos que indicarían un deterioro del pastizal.

“En la región que incluye los departamentos Cuchamen, Languiñeo, Futaleufú y Tehuelches más del 50 por ciento de la superficie mostró tendencias negativas del crecimiento del pastizal”, detalló García Martínez, quien se mostró sorprendido porque el porcentaje de superficie con evolución positiva fue inferior al cinco por ciento.

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