La angustia del profesor frente a la IA (y nuestra inesperada salvación en el papel y el lápiz)

A veces, cuando escribo o simplemente me cuelgo pensando, vuelvo al lamento de Arjuna frente al campo de batalla de Kurukshetra, cuando se da cuenta de que tiene que matar a sus amigos y familiares. ¿Cuál es su deber en ese momento tan extremo? Y por ende, ¿cuál es mi deber ahora, en circunstancias mucho más ordinarias y menos angustiantes?

Esta es una pregunta que me quedó picando desde que leí el Bhagavad Gita, un libro que ni sabía que existía hasta que cursé una materia sobre hinduismo en la facultad. La verdad es que yo no era el alumno del siglo; faltaba bastante y, con el miedo a que me pasaran factura por las faltas y las malas notas, a veces le ponía un poco de onda. Así llegué a leer un par de cosas, incluido el Gita. Al principio no cacé una, hasta que mi profesor —el típico académico estoico y canoso que te cruzás en las facultades de humanidades— me explicó con una paciencia bárbara que uno tiene que cumplir con su deber sin enroscarse en el resultado. Y aunque ni me acuerdo si me fue bien en esa materia, llevo veinticinco años dándole vueltas a la desesperación de Arjuna y a la orden que le da Krishna.

La pérdida del sentido en el aula

Cuando pienso en si mi nena de nueve años va a necesitar ir a la universidad, en el fondo espero que no. Siento que este país no debería depender tanto de un sistema de títulos que es carísimo, inaccesible y te morfa un tiempo que, al final, no lo vale. Pero, por otro lado, me agarra la paranoia de que ella se pierda experiencias como la mía: la de un pibe de diecinueve años que es obligado a leer algo que ni loco hubiera tocado por su cuenta, y que es guiado hacia una epifanía (por más banal o egocéntrica que sea) gracias a un profesor con vocación. ¿Qué precio le ponés a algo así?

Siempre va a haber gente idealista, de esos que todavía se manchan los dedos con tinta, que quieren dedicar su vida a la academia para contagiarles a los más jóvenes el amor por las ideas. El problema es que esa conexión hoy está casi bloqueada por la inteligencia artificial. Hace poco, Jane Sloan Peters, una profesora de estudios religiosos, escribió un posteo que me dejó regulando. Contaba sobre una cursada que armó hace unos años, “Cartas desde la cárcel”, sobre lo que distintas personas en la historia estuvieron dispuestas a bancarse por su fe. El trabajo final consistía en que los alumnos sintetizaran un tema central sobre todo lo que habían leído. Al principio, a los pibes les costaba horrores. Sudaban la gota gorda, pero entre lluvias de ideas y correcciones, terminaban armando una conclusión que sentían propia y que demostraba que realmente se habían peleado con los textos.

Pero el año pasado, la pelea se terminó. “Ninguno de mis sesenta alumnos tuvo problemas con la tarea”, relató Peters. Lo que recibió fueron resúmenes impecables —puro chamuyo con pinta de contratapa de libro— y ejes temáticos totalmente vacíos que abarcaban todo pero no decían absolutamente nada. La sospecha era obvia: los alumnos le habían pedido a la IA que les hiciera el laburo. Peters intentó adaptarse y metió ejercicios a mano en clase para tratar de “blindar” la materia. Sin embargo, cuando les planteó estas nuevas reglas a los chicos, se le vino el mundo abajo y se le hizo un nudo en la garganta ahí mismo frente a todos. “Antes de la IA”, les dijo, “los alumnos se rompían el lomo para pensar ideas propias. Yo los ayudaba, les costaba, pero llegaban a algo suyo. Eso ya no pasa, y me duele en el alma”.

La eucatástrofe: cuando tocar fondo te salva

Peters no es la única. Vengo hablando con un montón de docentes, tanto de secundaria como de universidad, que sienten la misma desolación. Hablan de un vacío, de un bajón total, porque eso que le daba sentido a su profesión fue borrado de un plumazo por los algoritmos. Y ojo, la mayoría no culpa a los pibes ni cree que estén todos chochos con esta movida. Los mismos alumnos a veces miran con desprecio a los profes que se lavan las manos y dejan que la IA haga lo suyo, como diciendo: “Che, ¿no esperás un poco más de nosotros?”.

Y ahora que hasta el mismísimo Papa opinó sobre el tema, déjenme decirles que toda esta crisis esconde algo fascinante. Yo creo que, de una manera casi “eucatastrófica” —una catástrofe que termina siendo para mejor—, la inteligencia artificial podría ser la gran salvación de los métodos tradicionales de enseñanza.

¿Cómo es la mano? Al permitir que un estudiante presente como propio algo que hizo un bot, cualquier trabajo que el profesor no vea hacer en vivo y en directo pasa a ser tremendamente sospechoso. Ensayos, monografías, reportes de lectura, proyectos de arte… da igual. Es lo mismo que mandarles a hacer tablas de multiplicar a la casa con una calculadora en el bolsillo. Entonces, ¿qué nos queda? La única salida es volver a la fuente: ver al pibe laburando. Darle papel y lapicera, y sentarse a mirar cómo escribe su respuesta.

Tinta roja y el diccionario en la cabeza

Pensemos un segundo en todo lo que esto implica. Primero, si querés un texto escrito en el momento, el alumno va a tener que escribir con letra legible. Sí, volver a la caligrafía. Desde que los procesadores de texto coparon nuestras vidas, la letra a mano se fue al tacho. Hoy tenemos pibes (y adultos, seamos sinceros) que escriben como médicos apurados, perdiendo de paso todos los beneficios que traía arrastrar el lápiz por el papel: mejor ortografía, más retención de lectura y concentración. Antes era lógico: no importaba qué tan brillante fueras, si no se te entendía la letra, estabas al horno. Hoy, la forma más segura de hacer que una tarea sea “a prueba de IA” es que el pibe la escriba él mismo, y más le vale que sea prolijo.

Segundo: hay que saber escribir sin faltas. El cerebro no te viene con el corrector automático instalado. No te arregla un “ay” por un “ahí” a menos que vos, como ser humano, sepas la diferencia. El idioma es un guiso de miles de años de historia, y para cada regla hay una excepción. La única forma de no pifiarle es conocer las palabras de verdad.

Y ni hablar de armar una oración coherente. Así como no tenemos corrector ortográfico en la cabeza, tampoco tenemos Grammarly. El estudiante va a tener que volver a entender de concordancia, saber dónde meter una coma, usar bien los tiempos verbales y armar un párrafo sin que quede un cambalache de pronombres perdidos. Si hasta ahora la tecnología venía siendo una muleta para los que no sabían escribir, la IA directamente es una silla de ruedas motorizada. Se acabó el paseo. El que quiera que su texto tenga sentido va a tener que aprender gramática de verdad. ¿Alguien se acuerda del análisis sintáctico?

La cosa sigue con el vocabulario. Pensamos con palabras; por lo tanto, el alcance de nuestras ideas choca contra el límite de nuestro léxico. Un pibe transpirando frente a una hoja en blanco tiene que tener el diccionario en la cabeza, y eso te lo da la lectura profunda y el roce con textos clásicos. Si espera que su redacción supere el nivel de “el libro estuvo re bueno”, va a necesitar palabras de peso. Como decía Romano Guardini: “El idioma que habla un hombre es el mundo en el que vive y se esfuerza; le pertenece más esencialmente que la tierra y las cosas que llama suyas”.

Si querés que los pibes escriban buena prosa, tenés que hacer que lean textos de calidad en voz alta. Que los memoricen, que los reciten. Un buen escritor siente y escucha sus palabras tanto como las vuelca en la hoja. Solo metiéndote esos sonidos y cadencias en la cabeza podés aspirar a reproducirlos después en papel.

El fin de la tarea para la casa

Finalmente, está el arte de componer los pensamientos, y eso es pura práctica y frustración. Es recibir un parcial tan sangrado en tinta roja que parece que sobrevivió a un tiroteo, con un comentario final lapidario: “Hacelo de nuevo”. Es obligarte a pensar en serio: “¿Qué corno estoy queriendo decir acá? ¿Esto tiene lógica? ¿El punto B se desprende del punto A?”.

Cualquier profesor que hoy asuma que ese trabajo práctico que mandó “para el fin de semana” o “para las vacaciones” lo hizo genuinamente el alumno, se está engañando a sí mismo. Lo mismo pasa con los ensayos de admisión a la facultad o las cartas de recomendación. Con la IA, te armás un texto súper emotivo y “altamente personal” en diez segundos, y tiene el mismo valor real que esos mails automáticos que te mandan los políticos en campaña. Nos vendieron el buzón de que con la tecnología podíamos descartar las disciplinas a la antigua, pero resulta que ahora no podemos sobrevivir sin ellas.

Seguramente habrá escuelas que sigan mirando para otro lado. Que pasen de largo, que no evalúen la letra, ni la ortografía, ni la puntuación, y mucho menos el pensamiento crítico, terminando por validar cualquier garabato frenético que parezca texto. Pero para los que realmente quieren enseñar y aprender, el futuro de la educación parece esconderse, irónicamente, en un cuaderno de espiral y una lapicera.